
María sigue teniendo para nosotros, católicos, un peso singular, una presencia que echa raíz en la antropología (tantas hermosas tradiciones y devociones), en la psicología (descanso de nuestras almas) y en la fe (Madres de Dios); sigue ofreciendo una densidad que tiene que ver con su ser madre y la aspiración tan universal a un abrazo protector como el que intuimos en la madre de Jesús. De ahí el poder proponernos algunas claves para profundizar, durante estos días de fiestas en Honor a Nuestra Señora de los Remedios, en su presencia.
Creo que lo mejor, es comenzar por su maternidad. La llamamos Virgen, y lo es, pero su grandeza no está ahí, sino en su maternidad. En María encontramos una imagen de la madre que evoca un tipo de amor radical, primero, incondicional. Cuántas veces decimos que una madre es capaz de cualquier cosa por proteger a los suyos. O que la madre conoce a sus hijos mejor que ellos mismos. Cuántas veces señalamos que la madre es aliada incondicional de sus vástagos, para quienes desea lo mejor. Y eso, en María, lo queremos ver de manera ejemplar. La madre que acoge cuida y vela. La que enseña a su hijo. La que, sin embargo, cuando llega el momento de dejarle echarse al camino, no interfiere ni monopoliza, sino que acepta el curso de la vida. La que lo ama, aunque no lo entienda. La que estará en las horas buenas y en las horas peores, hasta el pie de la cruz.

Y es que la maternidad, conlleva la dificultad. Aunque a veces parece que hoy la veneración a María la recubre demasiado de oropeles y brillos, la mujer del evangelio es una mujer que tiene que luchar. En muchos momentos. Con la duda primera, cuando se le plantea algo que no entiende. Como tantas veces en que todos y cada uno de nosotros necesitamos una claridad que no tenemos. Con la pobreza, tan presente en la vida de personas y pueblos antes y después. Esa pobreza de quien da a luz en un establo, fuera de los lugares cálidos, en la intemperie y rodeado de miseria. Con la persecución primera, que la convierte en emigrante forzada, lejos de su tierra y su familia. Y, por último, con la tragedia que supone la muerte de un hijo, y más en esas condiciones. Imágenes de María dolorosa se convierten en reflejo de las frustraciones, heridas y derrotas de muchas personas en sus horas bajas.
Dificultades que, sin embargo, no consumen La compasión. Una de las pocas escenas en la vida pública de Jesús en que aparece María es el relato del evangelio de Juan de las Bodas de Caná. Una interesante construcción en la que María tiene un papel fundamental. Ella es la que mira y se da cuenta de lo que falta. Ella es la que, sin dejarse llevar por la indiferencia, se implica. Y lejos de rendirse, adivina, en Jesús, una respuesta posible. Esa mirada de María en Caná evoca otras miradas evangélicas, como la de Jesús en el templo ante la ofrenda de la viuda. La capacidad de conmoverse, implicarse y buscar respuestas ante las carencias de nuestro mundo es algo profundamente humano.

Porque, si algo caracteriza a María, es su fe. María es discípula, que aprende, y es, de algún modo, la primera creyente. La que persevera. La que acoge la palabra, y cuando esa palabra es Hijo, Verbo, se sigue fiando. La que se esfuerza por comprender, y medita y guarda todas esas cosas en su corazón, un silencio muy necesario en cualquier época, pero imprescindible en la de hoy. Es tiempo de silencio. Propone San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales que la primera aparición del resucitado probablemente sería a María, la madre. No se nos cuenta, pero fácilmente podríamos imaginarla. Quizás porque María no necesitaba una aparición para recobrar la fe, y por eso no hay relato de conversión en este encuentro. Sin embargo, es claro para nosotros que en María la fe es una dimensión irrenunciable de su relación con Jesús. Fe en la promesa de Dios, concretada ahora en su Hijo.

Y todo ello, maternidad, dificultades y compasión, fe, concluyen, tras el acontecimiento Pascual en la comunidad. Al pie de la cruz María y Juan se funden en un abrazo protector. No hay soledad definitiva ni en la hora de la aparente derrota. Hasta en la debilidad –o quizás especialmente en la debilidad– hay encuentro. Y eso seguirá siendo así. Cuando en los relatos de los Hechos de los Apóstoles encontramos a María en el centro de los discípulos, adivinamos en ella un vínculo de unión, una figura que aglutina en torno a sí a los hijos heridos, dispersos, desanimados. Ella sostiene su espera y su búsqueda. Ella comparte su oración. Ella es, también, testigo de la acción del Espíritu entre ellos.

Cinco facetas de la vida de María: maternidad, dificultad, compasión, fe y comunidad. Cinco propuestas sobre las que seguir reflexionando y celebrando hoy. Cinco espejos en los que poder ver el reflejo de la propia vida. Porque, a imagen de María, cada uno de nosotros, hoy, está llamado a amar con ese amor incondicional y primero; a afrontar la dificultad que puede nacer del compromiso por el evangelio, construyendo sociedad e iglesia, ya que ambos constituyen el Reino; a mirar al mundo con ojos compasivos y dispuestos a implicarnos; a creer, aprendiendo en el camino; a encontrarnos, forjando comunidades donde las personas sepamos compartir lo que somos.
Lo concreto de celebrar a Nuestra Señora de los Remedios, puede estar en que la celebremos como siempre o limitados por la pandemia; que se lleven o no se lleven flores a María; que se canten los cantos tradicionales o se ore en silencio; que se tenga más o menos devoción a María… quizás lo importante de nuestra devoción es que nos conecta con esa semilla de divinidad que todos llevamos dentro.
José Manuel García Matos, párroco de San Marcos y del Sagrado Corazón de Jesús.




